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La Coctelera

Minimas

por suerte las minimas

30 Noviembre 2006

Recién nacido y su máquina

- El interminable juego de los disfraces. Volver a preguntarse. Volver a desnudarse. Volver a descubrir que lo único que se ha logrado es volver a disfrazarse.

- ¿Qué es esta obstinación por encontrarse con la verdadera piel? ¿Qué es esta pequeña desesperación que no llega a enloquecerme pero siempre está ahí, debajo, molestando apenas, irritándome? Nunca aceptar del todo bien esta labilidad... esta condición de disfrazado... nunca aceptar que debajo no hay nada.

- Un disfraz oculta. Un disfraz que oculta nada. Y la verdad es que me cambio el atuendo... pero nunca me entrego a la desintegración. ¿Por qué tendría que entregarme?

- No soy mi nombre. Solamente lo llevo puesto. Y con solo nombrarme con un nombre nuevo me lo cambio y me lo vuelvo a cambiar.

- El recién nacido está muy cerca... siempre dispuesto a parecer. El pedacito de carne llorón, completamente ignorante, despojado de las paredes de YO. Ese que ni siquiera coincide con el sexo que lleva puesto en el cuerpo. Y sobre el amasijo de incertidumbre está construida mi maquina de vestirme con cualquier atuendo.

- ¿Cualquier atuendo? ¿Realmente me visto con tanta desesperación? Es solo una molestia... y una maquina sanadora lo suficientemente descompuesta como para sentir el dolor en el fondo y extraer el placer en la superficie. Dolor en el fondo: producto de la nada que se escapa por las grietas que deja abiertas la descompostura de ésta máquina. Placer en la superficie: Producto de la extrema labilidad que siempre permite mutar amoldándose al capricho del recién nacido.

- Es casi como nacer, nacer, nacer, nacer, nacer y volver a nacer. Es casi como ser parido mil veces... una por cada nuevo golpe que las formas imprimen sobre los sentidos siempre tentados de amar o parecerse. El parido siente amor por la forma del objeto que juega a ser su progenitor. El parido se impregna del olor que lo tiene fascinado. Y ahí nomás se pone en marcha, otra vez, la maquina... y ahí nomás crece un placer distinto al que se le había montado durante su vida pasada.

- ¡Ay! Esto no es del todo normal. Decididamente es siniestro. No es de confiar. ¿Quién puede confiar en una nada que se deja adivinar porque los trapos que la cubren cambian y vuelven a cambiar?

- El disfraz está hecho para ocultar lo que hay debajo y mostrar lo que hay encima. El disfraz sirve mientras se sostenga en el tiempo. ¿Qué nos diría el engañado si al pasar por detrás del biombo cambiáramos de piel? – ¡Hay enagaño!- Gritaría. Y al tiempo que siente que fue engañado dejaría de ser el engañado.

- ¿Soy sincero? ¡Claro que soy sincero! Talvez en exceso. Pero nadie lo ve. Porque las apariencias engañan. Y los espectadores que ven el engaño sienten desconfianza... aunque hayan visto la verdad del engaño que pocas veces les es dado ver.

- Hay que sostener la mentira. Cueste lo que cueste. Hay que creer que el disfraz va pegado a la piel. No importa si está viejo y raído. No importa si les queda chico o ridículo. No importa si detestan ser tan mentirosos. No importa si sufren de hartazgo. No importa nada. Hay algunos que se matan con tal de sostener el disfraz. Pero son todos tipos íntegros. Bien definidos. Nada de recién nacidos. Nada de incertidumbre. Y así se sienten a salvo. Y todos los espectadores se sienten a salvo. Y construyen castillos sobre mentiras.

- A mí me queda solo una solución. Me queda hacer un culto a la disolución. Me queda una rebelión hecha de poesías que vuelvan a explicar la razón de mi inconsistencia insolente.

- Y en eso ando. Intentando consistir en inconsistencia. Intentando no asustarme de mi nada.

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