Después de algunos años de empollar ese fruto carnoso y carnívoro. Ella decide deshacerse de él y de toda posibilidad futura de caer en la tentación. Se hace extirpar los ovarios. Una noche, cuando ya han apagado la luz, le pide a su novio que la opere. Él, provisto de un tramontina, una aguja de coser e hilo negro, se sienta junto a ella en la cama de dos plazas. La ayuda a desnudarse. Le acaricia la panza. Derrama algunas lágrimas de las que se avergüenza. Ella tiene la cara de piedra. Azulejada de odio. Se avergüenza y al mismo tiempo se asusta de esa mujer decidida a destriparse.
Ya no hay vuelta atrás. El filo del cuchillo ha atravesado la superficie suave e inmaculada. Los bordes se tiñen de rojo. Adentro, en medio de un cosmos húmedo, diseñado en forma de laberinto, blando y pálido, está el pequeño útero. Aparato delicado: dos pelotitas unidas a un saco apenas más grande por dos brazos cilíndricos, y desde el saco una manga mullida que desemboca al exterior. Él está impresionado. Es que sobre el saco apenas más grande, se transluce la pequeña carita de un hijo de juguete. No piensa. Se tapa la nariz con una mano y con la otra arranca el aparato de cuajo. Ella grita y se retuerce. Siente un dolor profundo. Pero lo soporta, sabe que tiene que soportarlo durante un momento para luego poder olvidarse de su condición. Sabe que de todo ese problema solo va a quedar una cicatriz. Poca cosa, un recuerdo vago. Él corre hasta la cocina con esa cosa que todavía late y chorrea líquidos en la mano. Le tiembla el cuerpo. Siente que se le van las fuerzas, que podría desmayarse. Pero ella todavía está abierta y grita. No puede fallarle el pulso ahora. Si se pierde por un momento puede echarlo todo a perder. Revuelve entre la vajilla, encuentra un tarro, lo llena con alcohol y deja caer el aparato extirpado en el interior. El aparato se hunde hasta el fondo del frasco y luego sube, flota a media agua, se acomoda como si sintiese que ha vuelto a su lugar. Él vuelve a la habitación, tropezando. Ella ha dejado de gritar, parece que no le quedan fuerzas, ha muerto un poco. La mancha colorada llega al acolchado y se ha esparcido. Con sus últimas fuerzas ella agarra la aguja y se la ofrece. Él la mira y se da cuenta que sus ojos están en blanco, completamente idos para atrás. No soporta más, pierde sus últimas fuerzas y se desvanece definitivamente. Ella, con un último esfuerzo se clava la aguja en el estomago. Cose la herida como puede. Al fin y al cabo ella sabe coser mucho mejor que él. Hasta podría coser con los ojos cerrados. Quince minutos después la herida está cerrada mucho más prolijamente de lo que se puede esperar de una costurera agonizante. Está cansada. El dolor cansa. Cierra los ojos y se duerme. Ambos duermen. Uno al lado del otro. Durante el sueño se desprenden del daño irreparable que han hecho juntos. Duermen profundo, despojados de las circunstancias.
Ella despierta primero. Se siente bien. Durante los primeros diez segundos de vigilia no recuerda lo que ha pasado algunas horas antes. Pero después siente una punzada en el bajo vientre y la invade la angustia. Mira al costado de la cama. Él sigue dormido, en el piso, acurrucado, tiritando de frío. Ella se esfuerza y acomoda una manta sobre su cuerpo helado. Después se levanta con dificultad. Entra al baño. Se sienta sobre el inodoro y rompe en un llanto incontrolable. Un llanto inesperado. En seguida prende la ducha. No quiere que él la escuche lamentarse. El ruido del agua tapa un poco sus lamentos. Se mete bajo la regadera. Se frota el cuerpo con la esponja hasta rasparse. Se deshace de las manchas de sangre y de toda la porquería que le ha quedado pegada al cuerpo. Mientras se ducha piensa que sus genitales han quedado abiertos a todo su cuerpo. Ya no existe ese receptáculo que separaba su aparato reproductor de todo el resto de sus órganos. Se siente más liviana y abierta plenamente al mundo. De a poco se tranquiliza. El agua caliente la va sedando. Para cuando sale de la ducha ya se ha despojado de sus penas más urgentes. Se seca y decide ir a prepararse un té de boldo. No imagina la sorpresa que le espera sobre la mesada. Camina como sobre nubes. Livianísima. Se desliza por el pasillo como una mujer esponja. Y cuando entra en la cocina... encuentra sobre la mesada a su proyecto de hija acurrucado en el interior de un pedazo de carne arrancado de su cuerpo sumergido en alcohol encerrado en un frasco. Le atacan los nervios. Tiene que desembarazarse de eso cuanto antes. Le vienen nauseas. Se agarra la boca del estomago. Le vienen mareos. Da un paso atrás y dos adelante. Toma el objeto con ambas manos, camina apurada hasta el balcón y lo arroja. Diez pisos más abajo, el frasco se estrella y se deshace en vidriecitos microscópicos. El alcohol se evapora casi instantáneamente. El pedazo de carne se aplasta contra el piso enchastrandolo de sangre diluida en liquido amniótico. Y el cuerpito apenas formado queda casi intacto, a no ser por una magulladura más o menos profunda en el cráneo minúsculo. La niña llora un llanto casi inaudible, como de gato moribundo. El sol de la mañana ilumina el patiecito de departamento de planta baja que alquila el futuro padre adoptivo de la feta. Las persianas están bajas. El futuro padre adoptivo, del otro lado de las persianas bajas, todavía duerme.
Ejercicio 2: Cicatriz
| 25, mar
4 comentarios
Mork 27 mar 2007 | 09:37 PM
¡Muy artesanal!
dagazul 28 mar 2007 | 06:20 AM
HAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!
librelocura 28 mar 2007 | 04:06 PM
Me gusta tu blog minimalo. Te voy a poner en el mío!
Andrés W 28 mar 2007 | 05:18 PM
- Gracias LL.
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