Les sonará estúpido a los que me lean, pero ando enamorado de una tarjeta postal. Claro que tiene que haber alguien detrás de todo esto. La encontré en el buzón de mi casa. De un lado lleva impresa una pintura de Klimt, del otro está escrita con esa letra redonda y lleva una estampilla pegada. Alguien tiene que haberla elegido entre tantas otras, alguien tiene que haber apoyado su estilográfica sobre el cartón para trazar el dibujo de las letras, alguien tiene que haber chupado la estampilla para pegarla junto a los trazos de la estilográfica, alguien tiene que haber averiguado mi dirección antes de enviarla, alguien tiene que haberla dejado en el correo. Pero como desconozco la historia que precede al momento en que la encontré en el buzón de mi casa, no puedo estar enamorado del remitente, y me limito a contarles la estúpida verdad: Ando enamorado de una tarjeta postal.
Es cierto que a menudo pienso en la mano que sostuvo la estilográfica. También pienso en el dueño de la mano que sostuvo la estilográfica. Inclusive me aventuro a imaginar los pensamientos que llevaron al dueño de la mano que sostuvo la estilográfica a enviarme esa tarjeta postal. Intento ver a través del objeto. Lo miro mucho, reparo en los detalles e intento lograr ese trabajito de detective. Razonamiento inductivo. ¿Razonamiento? ¿Inductivo?
Y me pierdo ante la infinidad de manos y dueños y pensamientos a los que se enfrenta mi supuesto razonamiento. Entonces vuelvo a concentrar la atención en mi amor, la tarjeta postal. La larga pintura de Klimt en tonos marrones. Las letras que dejan de ser herramientas para transformarse en dibujos. La estampilla pegoteada al cartón.
Y ahí, debajo de la estampilla, está el puente que nos une. A mí y al dueño de la mano que sostuvo la estilográfica. Su saliva reseca. Beso la estampilla, la beso con los labios húmedos, procurando diluir su saliva reseca con mi saliva húmeda. Y mientras beso la estampilla me olvido del absurdo.
¿Pero que estoy haciendo? Si sigo segregando saliva sobre la tarjeta la voy a deshacer. Temo que comience por despegarse la estampilla, temo que se corra la tinta negra desformando los dibujos, temo que el cartón comience a ceder hasta que se transforme en una bola de pasta empapada. ¿Y quién sabe si el dueño de la mano que sostuvo la estilográfica piensa enviarme otra tarjeta postal? ¿Quiero detenerme? ¿Quiero conservarla casi intacta? ¿Quiero poder verla mañana, y otra vez pasado, y así cada día? ¿Quiero paralizarla detrás del vidrio de un portarretratos? ¿Pero que estoy haciendo? Todavía estoy a tiempo. Los labios temblorosos apenas apoyados sobre la estampilla. Al borde de la pasión caníbal. Detenidos por un instante ante este intríngulis.