Las articulaciones fosilizadas. Los músculos delgados y fofos. La piel pálida, casi transparente. El cuerpo habiendo adquirido este aspecto tan enfermizo. Estoy postrado, entre ceniceros repletos de colillas y vasitos de plástico con restos de café helado. Mi sistema digestivo sufre constantes accesos de asco, principios de náusea. Ellos le llaman comodidad. Similar a haber vivido durante toda la vida en el interior de una incubadora. La oficina se parece a una incubadora. En verano se mantiene fresca y en invierno calentita. Hay este suave murmullo de hospital en el fondo. Es un murmullo monótono que se inyecta a través de mis oídos. Es un somnífero.
También tengo los ojos irritados. Paso los días con la mirada pegada a la pantalla de la computadora. Mirar el contenido de la pantalla es como mirar en el interior de un calidoscopio. Gracias a Internet algo se mueve. Gracias a Internet no me arranco los ojos. Porque alrededor están las paredes blancas pero grises por la mugre, los muebles de chapa y durlock, las carpetas gordas cargadas de papeles cargados de numeritos, los mismos empleados tristes que pasan una y otra vez frente a mí como fantasmas aburridos de su propia vaguedad. Mis ojos están saturados de los objetos insípidos que me rodean. Si no tuviese adelante mío la pantalla de la computadora preferiría ser ciego. Imágenes impalpables hechas de luz y circunscriptas a esa estrecha caja. Horas y más horas con la mirada idiota perdida sobre el pedazo de vidrio. Debería trabajar. Se supone que para eso estoy acá metido hace diez años. Se supone que debería estar interesado en hacer funcionar esta maquinaria de rejuntar dinero. Pero no trabajo. Solo me encargo de las tareas cotidianas, el mínimo indispensable como para que mi ineptitud no alerte a los de la oficina del fondo. En las oficinas del fondo flotan los peces engordados. Una o dos veces por mes entro en la pecera y represento el ridículo número.
Estoy habituado a contar. En este negocio todo se cuenta. Según el calendario pegado con cita adhesiva a la pared, llevo diez años sentado frente a este mismo escritorio. Con solo saber contar se está apto para pasar diez años detrás de uno de estos escritorios. Si no fuese por el calendario no tendría manera de saber en qué día vivo. Todos los días son el mismo día. Alcanzaría con repetir esta descripción tantas veces como días caben en diez años para dar cuenta de esto. El tiempo no pasa pero cuando uno se detiene a mirar el calendario han pasado diez años.