De como llego ese bicho a la habitación de la injertada:

Saverio Cruz se despertó a mitad de la noche con un dolor de panza atroz. No se trataba de un simple dolor de panza atroz. Saverio sabía muy bien cuanto podía doler un dolor de panza atroz y el de esa noche era tanto más pronunciado que le parecía incomunicable.
Había pasado los ultimos quince días hundido en un malestar constante. Dolor de cabeza, fiebre, vomitos y fuertes puntadas en el vientre. A su medico de cabecera le parecía que se tratase de una intoxicación. Guadalupe, que sabía bastante mejor que el medico el tipo de alimentos que solía ingerir su marido, no estaba de acuerdo con la hipotesis medica. Ella sostenía que el malestar era de origen nervioso. Aunque no pudiese establecer con exactitud la causa, durante los últimos meses había notado cierto cambio en el carácter de saverio. En efecto, él había estado desatento, ausente y esquivo. Pero lo que más molestaba y entristecía a Guadalupe era la inapetencía sexual. Su marido empezaba a encontrar siempre una excusa nueva que le evitase el tener que tocarla. Saverio, por su parte, estaba de acuerdo con la hipotesis de Guadalupe, pero decía estar de acuerdo con la hipotesis medica. Cada vez que su mujer intentaba indagar acerca de la causa de la supuesta afección nerviosa, él bufaba y después negaba toda relación con una posible causa psiquica apelando al carácter cientifico de la hioitesis de un clinico con trayectoria y experiencia. Sí estaba de acuerdo con la idea de su mujer pero prefería no hacerselo saber, era porque quería ocultar el épisodio que le parecía fuese la causa de su malestar. Hacía dos meses que Saverio rumiaba alrededor de ese episodio. La noche en el nausica, la belleza de Mariana Puaj, la forma en que lo había seducido, los besos en la boca, su habitación apenas iluminada de la luz de una vela, el pedazo de carne adentro de su boca, y por último la traición. La traición y la violencia.
Saverio despertó sudando frio y sintiendo que algo se le movía adentro del estomago. Quizo ponerse en píe para alcanzar el baño, pero el dolor lo dobló al medio. El golpe de su cuerpo contra el piso de madera no despertó a Guadalupe. Llegó al baño arrastrandose sobre las rodillas y se abrazó al inodoro. Sentía como el dolor le bajaba por el intestino. Se alzó con gran esfuerzo y se sentó sobre el borde de ceramica frío. Todavía sintió el acentuarse del dolor, como si algo le estuviese masticando el intestino, y pensó que podía morir, o cuanto menos caer desmayado de un momento a otro.
El dolor empezó a ceder solo cuando esa cosa patinosa y dura le abrió el ano de par en par y bajó lentamente hasta separarse de su cuerpo. Por primera vez en los últimos dos meses se sentía relajado, libre de toda tensión física y psiquica. Respiró profundo, repetidas veces, sintiendo como el aire se renovaba adentro suyo y la agitación comenzaba a aplacarse. Estaba tan contento de haberse sacado de encima la opresión que no le prestó atención al peculiar hecho de qué junto con ese aire nuevo no le llegase el correspondiente olor a mierda. Apoyo la espalda contra la pared y se dispuso a disfrutar del silencio y de la oscuridad del baño en horario nocturno. A medida que recuperaba el aliento, sintió que se le reconstruía la consciencia, como sucede después del orgasmo. Cuando empezaba a pensar en volver a la cama para disfrutar de las últimas horas de sueño abrazado a su guadalupe, un sutilisimo sonido lo puso en alerta. Saverió dejó de respirar por un momento. Entonces, pudo distinguir con claridad otra respiración, una respiración velocisima y diminuta. Todavía se doblo y bajo la cabeza. Ahora, pudo distinguir que el sonido de esa respiración velocisima y diminuta iba acompañado del murmullo de agua en movimiento. No había duda, algo se movía y respiraba debajo de su culo.
Se levantó de un salto y miró dentro de la taza. Tuvo que hacer un esfuerzo para distinguir en la oscuridad qué era eso que se movia en el fondo del inodoro. Aunque le pareciese absurdo veía una nariz, una nariz femenina. Encendió la luz con la esperanza de deshacer la ilusión. Entonces lo vio con claridad. La cosa hacia gran esfuerzo por mantener la nariz fuera del agua y poder respirar. Sumergido y unido en la misma piel, se retorcía un pedazo de carne de las dimensiones de un chorizo. A Saverio lo espantó la idea de que esa cosa hubiese crecido adentro de su cuerpo. Sin pensar más en qué cosa era, tiró la cadena esperando que desapareciese. Por un momento la nariz se hundió junto a su cuerpo ridiculo. Pero la cosa, que estaba viva y evidentemente quería continuar a estarlo, nadó contra corriente consiguiendo resurgir desde el centro del remolino de agua. En cuanto pudo respirar nuevamente, escupió el agua desde sus fosas nasales y se revolcó un poco. Saverio apretó el boton dos, tres, cuatro veces, pero el remolino ya no tenía fuerza y a la cosa no le costó sostenerse a salvo. Tenía que deshacerse de ese amasijo pero no se atevía a tocarlo. Revolvió el botiquín buscando una herramienta para sacarlo del inodoro. Encontró solamente la pincita que Guadalupe usaba para depilarse las cejas. Intentó acercar muy lentamente la pinza a la nariz de forma tal que el bicho no se asustará y enfilar cada uno de sus bracitos de hierro en una agujero, después apretó la pinza sobre el cartilago que los separaba y levantó la mano. La cosa, una vez suspendida en el aire, comenzó a retorcerse fremeticamente. Saverio pudo sostenerla en el aire pocos segundos antes de que la impresión le hiciese aflojar la mano, la cosa se zafase y fuese a parar a un angulo del baño. Ahora que estaba fuera del inodoro, pudo ver detenidamente de qué tipo de amasijo se trataba. Era lo que se podría describir como un pene con nariz o una nariz con pene. La graciosa naricita femenina se continuaba en el tronco del pene y teminaba en la cabeza cubierta del prepucio. La cosa comenzó a moverse, se arrastraba como un gusano, con la nariz adelante y la cabeza del pene atrás. En algunos instantes había recorrido todo un lado del baño y tanteaba la pared con la punta de la nariz. No sabía que hacer para detenerla. Pensó en pisarla pero tenía los piés desnudos. La cosa giro en el angulo mientras Saverio se apresuraba a arancar una abundante cantidad de papel higienico del rollo y enrrollarselo en la mano. Alejando la cabeza todo lo que podía, estiro la mano envuelta en papel acercandola al gusano y lo tomó por el tronco del pene al mismo tiempo que le explotaba una mueca de asco. Sintió la carne tierna y la piel suave parecidas a la piel y la carne de un bebé. Salió del baño con el brazo que sostenía el gusano tras la espalda. Cuando paso por la habitación tuvo la sensación de que la cosa se agitase y se estirase en direcciçon a la cama en la cual su mujer todavía dormía. Se dirigió directamente hacía la cocína. Con la mano libre, priemro preparó la tabla de picar sobre la mesa y después empuño el cuchillo que usaba para cortar la carne del asado. Apoyó el bicho sobre la tabla, y siempre sosteniendolo con la mano envuelta en papel higienico, levantó el cuchillo sobre su hombro. Antes de dejarlo caer sobre la victima, sintió que ésta se agitaba, como si percibiece lo que estaba por sucederle, como si le angustiase su destino. No pudo alejar de su fantasía la imagen de la salpicadura de sangre, de la agonía y el último respiro, de las dos mitades inhertes. Estuvo paralizado con el cuchillo levantado por algunos segundos. Después lo apoyo sobre la mesa. No se la sentía de cortarlo al medio, la cosa estaba viva, respiraba, se emocionaba e incluso le estaba simpatica. Al final se trataba de algo así como un hijo.
Saverio no sabía que hacer, estaba confundido, y no renunciaba a la idea de deshacerse del monstruo. Quería pensar pero todo era demasiado absurdo como para organizar un pensamiento más o menos coherente. La ventana de la cocina estaba abierta. Sintió el impulso y antes de que sus fantasias lo detuviesen o alguna actitud del bicho lo enterneciese, se avalanzo sobre la misma y lo lanzó lo más lejos que pudo. Vio como el pedazo de carne giraba en el aire, caía desde ese tercer piso, y aterrizaba sobre la vereda de enfrente emitiendo un gemidito agudo. Saverio cerró la ventana de un golpe y se giro para no seguir mirando. Volvió a la cama nervioso. Cuando se acostó se dio cuenta que le temblaban las manos. Esa noche no pudo dormir ni pensar en otra cosa que en lo acontecido y en su necesidad de olvidarlo.