Sade
Habia terminado de leer un texto de Maurice Blanchot titulado La Razon de Sade. No se consideraba una persona especialmente malvada. Sin embargo habia podido seguir ese resumen del sistema sadiano con curiosa facilidad. Le parecia que el principio de destrucción indiscriminado en el que Sade iba a buscar el placer soberano corria como un rio secreto inclusive sirviendose de los diques que podrian haberlo detenido (esos discursos que hacian del bien el principio moral). Se sentía, el mismo, implicado en aquella soledad ontologica que hacia del placer, pero sobre todo del placer inherente a la agresividad, el motor de un deseo siempre presente aunque silenciado. Se sentía atrapado en una pardoja. Él no era un heroe sadiano. Se le venian a la cabeza algunos nombres: de lideres politicos y torturadores despiadados, de violadores y asesinos, tambien de explotadores y traidores. Su raza continuaba a dar muestras en la experiancia, dia a dia, de la razon de Sade. Si se sentía atrapado en una paradoja era porque tambien se le venian los nombres de unos cuantos apostoles del bien. Pero la paradoja no estaba tanto en todos esos nombres y esas historias ajenas. Era en su propia experiencia que se actualizaba la paradoja. Habia llegado al texto de Blanchot despues de haber pasado por la lectura de El malestar en la cultura de Freud. En ese otro texto la culpa era considerada como uno de los destinos del impulso agresivo. ¿Qué se puede hacer con la propia agresividad egoistica ademas de descargarla sobre el projimo? Odiarse a si mismo, sentirse un pecador y recorrer las vias de la expiación, inclusive en silencio, inclusive callando mientras le fuese posible para hacerse aceptar entre los otros de su raza, inclusive intentando mantener en secreto su relación a la verdad sadiana. Pensaba que Sade no habia resuelto la paradoja pero había encontrado su propio modo de situarse respecto de ese deseo desconsiderado que no puede sino considerar al otro y por eso es tan susceptible a entrar en el remolino de la culpa. El modo sadiano consistia en no querer saber acerca de la culpa, en llevar hasta el extremo su propia soledad aún cuando su deseo continuase a necesitar del projimo. El genio de Sade estaba en reconocer en el propio deseo esa tension anudada al projimo sin ceder a los pactos necesarios a la conservacion de ese que al mismo tiempo es persona y objeto del deseo. "Experimenta el crimen moral al que se llega mediante la escritura". "Oh, Juliette, como son deliciosos los placeres de la imaginacion. Toda la tierra es nuestra en estos instantes delicioso; ninguna criatura se nos resiste, devastamos el mundo, lo repoblamos de nuevos objetos que nuevamente inmolamos; somos capaces de llevar a cabo cualquier crimen, nos servimos de cada medio posible, multiplicamos el horror". El genio de Sade estaba en escribir ese deseo inaceptable (a diferencia de tiranos asesinos tomados como marionetas en esta vertiente despiadada del deseo humano). Freud o Lacan lo llamarían sublimación. El limite de Sade estaba en no querer saber que su radicalidad no lo llevaria a resolver la paradoja y que también él estaba implicado en el inminente contragolpe de la culpa. Lo demuestra su repugnancia ante la "debilidad" de todos aquellos que ponen un limite a la "tendencia natural" plegandose a una cualquier versión de la virtud. El hombre sadiano no esta dispuesto a resignar nada de su cruel voluntad de soberania. Odia la culpa porque se siente constantemente amenazado como quien teme ser castrado de su potencia. Él no se sentía particularmente culpable. Sin duda, gracias al legado de hombres como Sade y Freud, practícaba un modo de siutarse ante la paradoja del deseo y la culpa mas o menos apacible. No le interesaba la posición del soberano despiadado, no le interesaba cagarse en el amor, no quería entregarse a la destrucción para darle lugar a las pasiones mas crueles. No quería hacer todo esto y ese era su limite. Mientras leía el texto de Blanchot, pero tambien a veces cuando soñaba, cuando abrazaba a su novia, cuando iba caminando por la calle, cuando hablaba con un amigo y en tantas otras ocasiones se enfrentaba al "sadismo" en el más allá de su limite. Era la fantasía con todos los peligros que la fantasía implica. Era la fantasía, semilla de la realización, que lo ponía frecuentemente frente a un deseo al que no le importa agredir al projimo y hasta es susceptible de extraer placer de la agresión. Él buscaba como vehiculizar esta agresividad sin quedar atrapado en el aut aut del sadismo y la culpa. Tal vez le hubiese gustado encontrar una solución que cerrase la cuestión paradojica en la sublimación (todavía siguiendo el ejemplo de Sade), pero ese modo leparecía incompleto porque siempre dejaba un resto que volvía cada vez que él se detenía en el limite y se quedaba mirando adentro del mas allá (entre fantasía y producción artistica). ¿Qué hará con ese resto indestructible? Puede ser motivo de angustia, pero él sigue creyendo que es posible situarlo en una formación de compromiso. Sigue creyendo que es psoible algún grado de vehiculización realizado en la complicidad brutal que es tan dificil encontrar en un projimo que es objeto y objetalizador pero también projimo.
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Todavía pensaba acerca de Sade. No solamente ignoraba los pormenores de la vida del hombre que había sido, sino que ni siquiera era un gran lector de sus textos. Había tenido entre las manos Justine, la filosofía en el tocador, las 120 jornadas en Sodoma y también algunos de sus cuentos. Nunca había terminado de leer ninguno. Tenía una idea vaga, hecha de fragmentos y comentarios de algunos de los autores que se habían ocupado de su literatura. Pensaba que se había apresurado en ir a buscar en Sade el corazón del deseo humano. Había que desmenuzar esta idea más o menos repugnante.
Cuando empezaba a desmenuzar su intuición se daba cuenta que no era tan importante el hecho de infligir dolor para extraer placer, no eran tan importantes esas anécdotas interminables en que la eyaculación se seguía a la violencia, el valor de la literatura sadiana estaba en su razón (Tal vez por eso se interesaba mas a un comentario como el de Blanchot que a las ficciones del mismo Sade).
"Tengo derecho a gozar de tu cuerpo, puede decirme quienquiera, y ese derecho lo ejerceré, sin que ningún limite me detenga en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar en él." Sade hacía a sus personajes perfectos ejemplos de esta moral situada en las antípodas de la moral común. Inclusive llegaba a relatar la condena de aquellos personajes débiles que sucumbían a alguna pasión común como el amor o la compasión. Sade sabía que era necesario un gran esfuerzo de voluntad para poder sostener una moral invertida como la que se resume en esa frase. A pesar de que la fantasía sadiana se plantease en términos tan contrarios a la "naturaleza" como cualquier otra moral, a él le seguía pareciendo que había en la razón de esos textos algo que echaba luz.
No era el dolor del otro como principio del propio placer, pero era algo que estaba implicado en esta formula. Su deseo, sobre todo ese deseo que él llamaba sexual, no consideraba al otro. La consideración del otro venía de otra parte. El deseo, ese bastardo sexual, se manifestaba ignorando al bien y al mal.
Sade se había situado del otro lado de la moneda. Si la moral común condenaba la desconsideración inherente al puro deseo, la moral sadiana condenaba la desconsideración inherente a la pura culpa. Si la moral sadiana se intentaba deshacer del problema del otro (que llegaba a considerar como un objeto siempre sustituible), la moral común se intentaba deshacer del problema del propio deseo (que llegaba a considerar como patológico). Pero en ambos casos los dos lados de la moneda continuaban a existir.
Ahora bien, el placer que Sade lograba extraer de todo esto superaba el simple hecho de pasarse al otro extremo de la paradoja. Porque Sade, además de hacerle lugar a una parte maldita tantas veces silenciada, había logrado que sus personajes se deshicieran del dios-juez que dictaba las culpas de su criaturas, había logrado personajes soberanos, personajes postmodernos, personajes que tenían como única exigencia pisotear toda idea de una autoridad valida, personajes libres. Pero a él, que efectivamente era un postmoderno, no le parecía que ese placer, el placer de deshacerse del propio dios-juez, fuese tan cierto. Ese placer soberano, ese placer de quedarse solo con el propio deseo era un placer que arriesgaba de desembocar en la angustia. ¿Acaso Sade no había escrito, entre sus decididas máximas acerca de la soberanía: "ese ser infeliz que se llama hombre y que se encuentra lanzado, a pesar suyo, en este triste universo"?
